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Nunca me pregunté dónde estarías cuando no pudiera verte, ahora sólo me remito a la tierra, donde se deshace la materia, de ahí que tu tumba tenga el poder que encierra en mí. Y la besaría si por locura no pasaran mis días, me acostaría a tu lado para recordar hasta el llanto, hasta la abulia que conlleva tratar de retener tu voz oblicua sobre mis oídos de infante, jugando con tu rey a la casita o con tus libros construyendo mansiones a mis muñecas deslavadas por el uso, que por dinero a cambio aprendía a mover las piezas que hoy llevo en la espalda y tantos otros momentos en que la filosofía se metía en mí por osmosis, y no pondré puntos a parte al recuerdo de que hoy ya son meses en los que te extraño, en los que te espero por las noches, por si los sueños te traen y te dejan un momento para abrazarte y decirte que te amo, que el tiempo ya no pasa, ya no corre cuando te abrazo, cuando la casa se vuelve inmensa, sola, vacía, llena de la ropa que usabas, del sillón que te acogía, de la cama en que descansabas. Entonces se hace 1º, para celebrar contigo en la distancia, en la ausencia, en la sabiduría que aún me llega cuando digo: “camilita que el tiempo ha borrado”, porque así te referías a mi vida que acompañas todavía y lo harás hasta que nos encontremos en la tierra, que será mi descanso, mi lecho. Compartiremos algo más que el recuerdo, compartiremos esencia, materia y quizás me haga más fuerte en otro proceso molecular, en otro estado.
Hoy sólo puedo evocarte más allá del último recuerdo facial que me recorre cuando duermo sola (la mayoría de las veces), cuando el almuerzo se hacía frugal, cuando el bifruti era un motivo de risa y no la triste manía de encontrar fantasmas en cada rincón, cuando todas jugábamos a ser reinas, cuando te enorgullecía pensar en mí.
Gracias por todo, aún te extraño y te recuerdo, creo que siempre lo haré y mientras tenga memoria estarás donde vaya, donde la vida empiece y se termine, en mi corazón.
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Puedo entender que la distancia sea importante, que las maneras de amar sean múltiples, que la vida sea difícil en las latitudes de la mente de quienes se enfrentan cada día a un camino por escoger. Entender que las emociones son frágiles, que las palabras a veces sobran, que los momentos no se pueden encapsular para que sean eternos, más duraderos, menos instantáneos.
Aceptando lentamente, poco a poco que cambia, todo cambia y quién fuera, como temas invitados a la mesa de discusión hoy por el almuerzo que compartí con el señor que engullía en la misma mesa una hamburguesa con queso, de esas bien tóxicas y plásticas, pero que vienen a llenar la ansiedad de pisar las hojas secas antes de que el agua las vuelva inertes, inservibles incluso para distraer el pensamiento de quien miente por ti.
No quiero pasar la vida esperando construirla de manera dramática, romántica, trágica y otros tantos géneros que hacen del momento una ilusión eterna, de pasar a la historia como un arquetipo bien configurado, para que, como Electra, se le ponga mi nombre a un mal sicológico, mejor aún, psiquiátrico que es más “científico”.
Puedo entender las mentiras bien intencionadas, las falsedades que vienen a colación por pura bondad. Aceptando la cama mal hecha, la mesa mal puesta, el piso mal barrido, el libro a medio terminar. Porque en eso se me van los momentos, las maneras de amar prisionera, conscripta de la pasión que destilo.
Hacer los momentos más duraderos, menos instantáneos. Dejar de entender y aceptar que las semanas pasen en compañía de una canción que recuerde todo el amor que se deja a la deriva porque, finalmente, puedo asentir con la cabeza lo que en mi interior no comprendo. Y dejar de llorar, despedirme con una sonrisa no forzada, que venga a iluminar el camino de vuelta a casa, a estas paredes que me saben a reencuentro, a besarte lentamente, hacer los recuerdos eternos, más duraderos, menos instantáneos.

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Un momento en el centro del sol es suficiente para calentar lo secular del tiempo, lo frío de mis mañanas, los juegos en los que callo por defecto, por desesperación, porque la tristeza se vuelve la opción más plausible en los momentos en que finaliza la función, cae el telón y no se vuelve a levantar por mucha fuerza a la que recurra. Porque Camila muere sin más remedio que llevarle flores, calas o girasoles, porque el resto se posan altaneras sobre el resto del reino vegetal, porque son las únicas flores de “marca” que le caen bien.
Preparada para un cataclismo que se lleve a la humanidad, para el derrumbe de sus sueños, para la salida del sol por la ventana equivocada, para mentir frente el espejo, frente a las personas menos correctas, pero más vulnerables. Lista para salir corriendo, apta para morir y esperar el germinar de una nueva mirada, no sé si más o menos sincera, pero con los ojos llenos de lágrimas, que no se irán del espectro, construirá otro día y otro más, algo que se prolongue y podamos llamar futuro, un saber necesario en el momento de empezar de cero, un ignorar necesario cuando duele.
Podríamos decir que Camila se nos va, se aleja sin mirar atrás, sangrando a borbotones sutiles a la vista pedestre, porque no quisieron lastimarla, aunque no importen los motivos del error que la dejó mirando al sudeste, mirando el último horizonte.
Podríamos decir que Camila ya no está, pierde forma en la última línea que se delimita en la distancia. Podríamos decir que nos duele la pérdida, pero sabemos que todo se pierde en el camino y después de llorar una eternidad, vemos que nace la esperanza, no creo que alegría, pero quizás lo que no supongo también es posible, lo que no visualizo también se conforma entre los escombros.
Y no prometo dejar de llorar por su recuerdo, lo que sí prometo es dejarla ir en paz, porque así era ella, sabía que perder es la posibilidad más cierta entre las incertidumbres que conllevan amar. Y sé amar de muchas formas...te amo, amigo.
De una pasajera en trance que te dice mucho gusto, bienvenido.


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Llamo a las sucursales infestas del recodo de tu pierna para informarme del acontecer del fin de semana, pero la celebración no tiene espacio para mi caída libre, mi espectacular deseo de volver atrás, mi culpa auto infringida en las llagas de la espalda, que como opus dei vine a parar por la accidental e incidental idea de que vale la pena la amistad.
Pero como no todo lo que brilla es oro, me veo forzada a cambiar de formato, ligar las ideas de forma consecutiva para entablar la conversación persistente que se posa en mi descanso post y ante clases. Pero retomando latidos anteriores, me vengo a aislar de la sociedad residente en cuatro paredes con el único fin de perder el tiempo en formato Microsoft Word 2003.
Me agradaría estar en lugares comunes, quizás así los putos me llamarían en su descanso cumpleañero, su jarana delincuencial que con gusto usurparía de las garras del abuso incondicional de estupefacientes que vengo a contemplar. Sin lógica aparente me escribo desde el éter de los suspiros, inconsciencia premenstrual.
Así, y con la frente en alto, me privo de potenciales argumentos que me dirán “eres una antisocial” y yo, con mucha astucia, diré que no me importa formar parte de cadenas de oración que promulguen la idea preconcebida de celebrar toda la noche, porque simplemente no me invitaron.
En vez de leer lo requerido me acurruco en lecturas complementarias, con varias deficiencias se viene la currícula, especialmente dicho así para los que comprendan el chiste implícito. En buenas cuentas, la no invitación al canto me llevará a pasear por la inconsciencia autónoma de clasificar mi vida a partir de los momentos de moral baja, por decirlo de forma elegante y no decir “en momentos como el pico”, porque aunque digo la palabra notoriamente siempre, no la suelo plasmar en papeles y ya que no lo hago, cobra más sentido en la metatextualidad que los lectores ávidos de mi obra deducirán con gracia sin par.
En el 21…
En la finalidad del asunto en cuestión, me autoafirmo que no soy el problema, sólo porque un amigo me lo plantea, me da la seguridad de la pérdida ajena. Yo no le creo mucho y vuelvo a derramar las lágrimas que contuve por la mañana cuando el espejo me contó lo que siempre temo descubrir. Pero amortiguo los reclamos de mi cabeza desfigurada, por el simple hecho de que reconstruir la autoestima es decreto con fuerza de ley de la afuerina y populosa concurrencia, esa que recoge mis pedacitos en los momentos requeridos, gracias.

Ayer

Aug. 12th, 2009 07:31 pm
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Si importara que la vida sigue, si importara la lluvia de afuera, si importaran las palabras de ayer, si importaran los sentimientos que se escurren por la canaleta sucia, quizás esta decisión y el sol que saldrá mañana mostrarían el sentido implícito que le da la gente a los hechos que no quiero recordar.
Una historia se repite, las consecuencias están repartidas por el suelo y yo recojo sólo lo que sirva, si es que se pueden sacar conclusiones decentes de mi tormento, algo más que las palabras crueles que se me agolpan en las sienes, la mortífera idea de consumir los hechos, de consumar los pensamientos.
Quedan hojas en blanco, consuelo de tontos. Es triste contarse entre los elegidos para remar en sentido contrario y de vez en cuando golpearse con las remadas. Volvería al momento del inicio y contaría las hojas de aquel árbol antes de decir que sí, porque cada una me recordaría las lágrimas que derramar suelo en los casos en que final se llama el acto.
As, solía llamar así al comodín de indiferencia que lograba anteponer a las relaciones, pero me jugaron con una carta mayor, que no tenía contemplada en la baraja y que romperé de hoy en adelante para que no exista en el repertorio la forma de perder de esta forma humillante, punzante.
Pero mi vida se plantea en un vademécum y, aunque trate de retractarme, seguirán siendo los pasos que doy una consecución de síntomas que no desaparecen, que se intensifican con las experiencias que intento conservar, aunque no resulten, aunque me lo digan a la cara, aunque lo dibujen en la arena o lo escriban en un e mail.
No sé qué viene mañana o si existe ese concepto de ahora en adelante. Quizás mi vida se conforme por la palabra ayer o algo más distante, pasado. Conjugar los verbos los pretéritos del modo indicativo, premisa que desde ayer fue ley.
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Una vez más recorriendo Santiago virtualmente, una vez más acudiendo a los sentidos más inmediatos para recordar olores, colores y todo lo que está imbuido en la memoria de las tardes que recorrí en compañía de extraviados amigos que perdían tiempo en largos recorridos para llegar al acogedor momento del arrebol.
Una vez más tirada en el suelo buscando respuestas en el cielo raso, en las manchas de humedad que corroen el blanco que se pintaron con las manos trabajadoras que hoy me gustaría empuñar, dejar la manicure en una caja y las letras a la espalda para aventurarme lejos de la mirada escrutiñadora del recién parido desamor.
Llegó el momento de ser la protagonista de mi película personal, dejar de buscar la banda sonora en la voz ronca de un ente externo y retomar con mi voz el La, aunque del teléfono tenga que robar la entonación, aunque no recuerde cómo respirar desde la caja toráxica y quizás me ahogue entre arpegios.
Porque el “puedes contar conmigo” no es más que una canción que recuerda el sol del medio día, el tal vez mal formulado, aquellos tiempos en que no se escondían las lágrimas entre palabras, sino entre acciones para no ser abducida por la nada que, después de todo, me venció.
Me queda afrontar las mañanas en dolor, para morir por la tarde y llegar a la noche como un cementerio de lo que fui, sueños que se volvieron espesos de tanto añorarlos. Palabras que se vuelven verdugos del ayer, que hubiese rogado por la permanencia del ser amado y que hoy en tu sombra no pude pronunciar, ni siquiera para decir adiós y dejar este peso muerto, que se aferra a mis omóplatos con desenfrenada pasión o lo que recuerdo se llamaba así en los momentos en que me entregué.
Llenaría páginas con tu recuerdo y borraría de mis paredes las palabras que representaste para mi felicidad, que hoy me recuerdan la desolación que dejaste en mí, que me dejas a mí. A veces no hacemos promesas, pero sin quererlo, o queriéndolo, nuestras palabras dibujan esperanzas sin nombre en las mentes ilusas de quien confía en la literatura y que sólo vive de escritos y fonemas, de quien le da importancia suprema a lo que de nuestra boca se reproduce al infinito, entre melodías y arpegios.
Una vez más, recorro Santiago virtualmente, busco en las ventanas colores nuevos, junto las piezas del rompecabezas que se desarma en mi pecho, recuerdo momentos de grandeza que se han escabullido por las rendijas de mi espacio.
Una vez más me acuesto en el suelo, buscando respuestas en las paredes fucsias que pinté con las manos rotas, escucho las canciones repetitivamente. No digo que el amor no volverá, aparecerán personas en cada recoveco del camino, pero yo seguiré esperándote, veré si me has extrañado y quizás sientas lo mucho que te amo, y aunque egoísta, seguirás siendo mío mientras sigas contemplando la vida con ojos de ermitaño.


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Las olas de alegría que recorren el ánimo de la joven población me vienen a resonar como hierro caliente porque
a) Nunca aprendí a divertirme
b) Envejecí a mis 8 años de manera irreconciliable con el universo, que se mece sobre el hombro del que está acorde con la vida.
c) El amor me invita a sacar el patetismo del centro de mis sentimientos desmesurados, como dicen por ahí.
Con las alternativas anteriores predispuestas al fracaso hipotético de una respuesta bien entendida o, por lo menos, que no se contradiga con pequeños momentos laterales de la condición sujeta a mis pequeñas propuestas, dignas de que carcajadas se posen en su veracidad, podría construir lo que se le suele llamar camino, alias destino y todas esas palabras altisonantes que se emplean para denominar la vida y cómo la recorremos, si es que existe la linealidad, claro está.
Puede que de comprensión ilimitada carezca y sólo tenga mis soliloquios mal planteados, mal plantados en el panorama mundial que se contuerce por los momentos en que la pérdida de lucidez se apodera de los ilusos, malos reos de este gobierno extremo de la vida porque
a) La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida
b) Los caminos no se cruzan, sólo se vislumbran momentos de encuentro por el simple hecho de que el masoquismo es un método ultra utilizado, mientras yo creo que es mi manera de expresarme.
c) La vida es una sola y hay que vivirla a concho (pero mejor deshecho la última alternativa, por lo menos para los que sabemos que la vida es múltiple).
Los casos anteriormente estipulados me llevan al suicidio crónico de las mañanas, que se perfilan distantes unas de otras, pero circularmente hablando, podemos tangencialmente experimentar que todo es una gran mentira, consecuencia de los programas de televisión y tantas otras lacras sociales, de aquellas que instauran la ignorancia como punto de partida para convencer al público asistente de que mañana será otro día y hay que vivirlo con alegría. Patrañas inventadas por un tal Jesús, que tiene de su parte a la población mundial, de donde originalmente se inició el problema, más específicamente la juventud que me invita a mirar por la ventana mientras de otras maneras se manifiestan las subversiones que no comprendo, mientras busco
a) El amor
b) La amistad
c) Mi propia aceptación
Concluyentemente precisa, precisamente concluyente, pero por sobre todo verdadera es la inestabilidad de la posición actual de los astros, que vienen a incidir en mi ánimo tal como lo leí en el horóscopo de la mañana, segunda biblia para algunos. Pero sobre todo cabe destacar que me falta convivir plácidamente con mis condenas, mis existencialmente podridos sentimientos de los cuales nacen las inseguridades que me provocas, mientras evocas la tempestad, la maldita manía de pensar que las cosas pueden cambiar.


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Si no estás me pongo triste, curiosa afirmación que me cuesta escuchar de labios ajenos y no pronuncio con los propios. Pero me lo dicen de todas formas y yo sólo niego con la cabeza, mientras me pregunto cómo haré cuando la historia se escriba desde la distancia, cuando la atención se concentre en la lectura y yo sólo pueda abstraerme para de tus labios ser prisionera. Me asusta no poder enfocarme en mis asuntos, entre libros estar sepultada, más que viva, más que muerta, pero atenta. Y es que mi refugio de antaño, aquel lugar sin residencia, sin hogar más que el que mi cabeza pudiera construir, que de volar me hacía capacitada por unas horas, hoy es el palacio del olvido, de lo que no haré hoy por la noche, mientras la diatriba que construyo sobre tu aroma se expande en mi mente.
Se viene la noche oscura del idilio que me plantaste sobre la historia que me esforcé por construir durante años. Saber a ciencia cierta quién soy y lo que quiero, era la premisa del deseo más puro que se pudiese concebir. Hoy las coordenadas se me confunden, porque no quiero estar en la desolada noche de tu ausencia. Me dolerá hasta sangrar la existencia, la costumbre de contarte mi día se hace insoportable, y sangra cada vez más la mañana. Trato de dormir las horas y así extender la inconsciencia, pero despierta tendré que soportar la soledad que dejas en mis días. Y sangra la tarde.
Verdad incierta la de no tenerte cerca, la de no saber qué harás hoy por la noche. Tratando de sobrellevar cada caricia que se extingue con el correr del reloj, busco las alternativas plausibles para no correr a tu lado. El lugar más propicio para demoler el camino que lleva hasta tu abrazo es la memoria, acudo a ella y cada espacio lo lleno con su saber, con los aprendizajes que me entrega cuando de dolor estoy por sucumbir. La noche sangra.
Te amo y duele la distancia, duele no saber tu día, pero lo que me mata suavemente es saber que tú no mueres sin mí.


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En el país de las maravillas, en la ciudad irreal, en el paraíso terrestre. El universo se hacía un lugar habitable donde de tu mano pasear no era una locura de esta cabeza, y en aquella cabaña que nos acogió en ausencia de moradores, está aún escrito tu nombre. El tiempo te sienta bien, te hace mujer. Palabras dichas anteriormente, hoy se confirman con creces y después de ayer se hace una realidad, un camino que se separó el día que la adultez se hizo presente y no supiste decir que no.
La verdad ya no hace daño, el odio y las culpas, los fantasmas que paseaban por tu lado se han ido, porque el dolor se esfumó y sólo dejó un cariño sutil, una promesa de algún día sentarse con un café y un sombrero leopardo fucsia, que llenase el espacio en blanco que dejó el corte abrupto de la caricia, del te quiero dicho a medias, a escondidas. Es cierto, tú abandonaste el proyecto de tesis que haría sobre tu boca, pero también es cierto que jugar al amante en los tiempos del llanto no es la mejor apuesta a la que jugar todo el capital afectivo.
Recordar, perderse en las memorias, bucear en la historia es el camino por el cual no transitaré por esta vez, porque jamás volverán a mí todas las veces que de risa lloramos y que de cariño mordimos. No arrepentirse de los adioses no es mi fuerte, pero gracias a la buena costumbre de no cambiar de direcciones, hoy puedo decir que te despido oficialmente como mi propiedad, para saludarte en todo el esplendor que aquello suscita, como un ente ajeno para comprender que los procesos que nos han tocado nos han hecho distintas a las que la luna miraban frente al mar, durante el verano que pasamos a orillas del mundo y que jamás volverá.
Creo que sigo apostando a un solo número mi capital afectivo, pero creo que ese es mi modo de jugar y perder con la frente en alto, para decir que amo y nadie me pueda refutar que me entrego, porque quiero creer que el amor es un día cualquiera pasar por tu vida y quedarme acurrucada en el rincón de tus besos.


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La construcción femenina de mi cuerpo se hace terrenal a tu lado, se hace material. Materia dispuesta nos dije a ambos, pero vuelve un día por el vientre los labios sinceros que no se repetirán. Repetitivamente se hace la historia de mis caricias que mueren en el sentimiento de que no necesito demostrarme lo único que sé hacer, por obra y gracia de la vida que me ha puesto en diversas camas y otros tantos lugares domesticados por la pasión, que se queda en el momento y luego se desvanece, en caminos separados se va el amor que se escapa y en contra de mí se anida.
Veinte y seis recuerdos de días perfectos, de noches que se vuelven fuego en mi pensamiento, días de manos entrelazadas y otras manchadas. Esta es mi historia más concreta, nombres que se vuelven sólo recuerdos y marcas que se hacen anillos en mi interior, dejando huella de los siglos que he vivido, en los que no crece nada de mi alma, a veces jacintos que se marchitan en mi interior yermo. Me decían por nombres cariñosos en los momentos indicados y luego volvía a ser Camila, lejana y solitaria como está escrito en mi espalda desde que tus abrazos se hicieron una gran mentira, porque sigo recordándote en momentos que se anudan las leyendas que desde el primer beso han tocado mi cuerpo.
Como todo lo que me hace mal, eternamente, para siempre. Mientras el sol se escondía y yo nadaba en el oscuro firmamento, se fue forjando mi querer que no me contempla entre los elegidos pues no controla mi voluntad, quizás sea que la perdí el día que desperté en la cama anónima de la embriaguez.
La sangre no ha podido borrar la sangre. Las lágrimas rojas que boto en días como hoy penetran en el vacío de callar, pero es lo mejor porque, muerte, nada nos podrá separar, eres mi único amor, sólo tú me amas y me llamas por la noche, un día de estos contigo me fugo y dentro de la tierra nos besamos para completar la parte que falta en mi interior, que conoces antes de que nazca el sufrimiento de volver a la cama ajena sin más pretensiones que sentir.



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Andar descalza, calzando heridas con espacios vacíos, vicisitudes.

Colmar las paredes de cuadriláteros azules, con espejos las puertas.

Saltar en piscinas de agua mineral con sabor a frambuesa, la oferta y la demanda.

Jugar al ciego con vendas de seda china, la elegancia de viajar por la vida.

Anudar con cuerdas gruesas las caracolas de Isla de Pascua, lejanía necesaria.

Cantar los añejos recuerdos colectivos, haciendo habitaciones en los árboles del ayer.

Recorrer las voces melódicas del grito destemplado del viajero, enumeraciones caóticas.

Bailar la sordera blanda de la mañana, puzles sin resolver.

Amar la ausencia de la mano franca, como dicen por ahí.

Rebanar la ensalada de sentimientos que descubre el recuerdo, tan lejano, tan lejano.

Dormir las palabras mediocres, dolor de pecho abundante.

Calmar la sangre coagulada de la muerte, ¿nos llevará a todos?

Doblegar la muela del juicio, dolor cadencioso.

Moler las maneras de amarte, kafkiano.

Robar las biblias dormidas en un rincón mohoso, fe.

Robar moler doblegar calmar dormir amar bailar recorrer cantar anudar jugar saltar colmar andar…vicisitudes.


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Vacía como el hueco del mundo terrenal
Como piedras los ojos, sin sentimientos las almas, las cartas fluyen a mi lado (de esas que no se contestan por indiscreción cometida en las líneas enviadas) dejando ideas inconclusas por el miedo corporal al posible rechazo que recibo todos lo días en el abrazo ajeno, en el beso desinteresado, en los saludos apenitas.
¿Qué Run Run se fue pal norte?
Las cartas que fluyen, que influyen, que florecen, se vuelven el inerte cuerpo del delito, de mi delito de sentir el odio pegado a la frente, el desprecio que lleva a la soledad y espinas del presente se clavan con el martillo de los sentimientos fraternales que no necesito. Con el tiempo en contra del propio amor, amor propio, amor de propiedad del que se sienta capacitado para afrontar las malas formas, con el además imbuido en la charla, con la desesperación metida en la casita en la pradera donde vinimos a parar, ¿parar?
A los tres días carta con letra de coral.
Olores contrapuestos en mi nariz aglutinada en una cara redonda, me vienen a decir que huelo a azufre de tanto estar aquí abajo rompiendo los poemas de amor que se escriben a diario en el diario y el papel , que declaman corazones rotos, rojos, romos. La cola de mi canto se tuerce a la derecha cada vez que con el codo borro lo que tecleo con los dedos, así por lo menos es la tecnología, la nueva manera de contradecirse a uno mismo, de pisar los dichos, digo.
Así es la vida entonces, espinas de Israel
La cruz que carga mi madre por mí debería sacarla de cuajo, de un balazo en la sien, de un envenenamiento justificado, de un atropello forzado. La suciedad acumulada antes de tiempo me roe, roedora los sesos, ceso, seco. Y me digo “Camila eres así”, pero reacia trato de cambiar, mutar en un dulce de diez pesos, para estar al alcance del que de hambre muera una tarde cualquiera, de vacío en vacío llenando el estómago, llenando vacíos a fuerza de azúcar.
Ay, ay, ay de mí.

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Debo hacer una revisión de mi vida. Examinarla de principio a fin, desde tu amor a la indiferencia, desde hoy hasta el pasado más remoto y, aunque duela a gritos, una parte de mí muere hoy.
Si mi vida fuera a tu lado, la cuidaría y la arrullaría para que nunca acabase. Amaría los segundos y sería fiel, por primera vez, a mis instintos, al poseer una verdad compartida. Por hoy, no intentaré ser poética, no buscaré belleza en las palabras, porque sólo quiero ser clara en lo que digo, no buscar metáforas fruncidas para decir adiós, para esbozar los motivos de esta nueva manera de enfrentar tus palabras.
Me rehago a medida que pasa el tiempo, me reconfiguré a tu lado y quiero dejar a la que soy atrás. Me moldeaste a tu cuerpo sin intención aparente y yo soy un buen aprendiz de vidas ajenas, de pensar antes en ti, dejar mis rabias por tus problemas, mis penas por tus alegrías, mi miedo por tu compañía. Y no es un reproche, porque fue mi decisión personal, pero de hoy en adelante no me llames cuando tengas un problema, porque tengo que resolver los míos, porque tengo que vivir sin ti, y lo digo llorando a mares, lo digo con el dolor revolcándose en mi pecho. No quisiera dejarte nunca, estar a tu lado por siempre, pero tú no y eso no va a cambiar, lo sé.
No sabes cómo me gustaría cambiar de vida, ser la persona que te quita el sueño, te aviva el deseo, te cobija en la noche y comparte la vida. Me encantaría estar presente en cada respiro, envolverte en un abrazo y dejar el tiempo pasar, porque nadie te va a amar como yo lo hago, porque no sé amarte de otra forma y, te juro, lo he intentado. He tratado de sacarme el corazón con una cuchara y quemarlo, dejar mis vicios, cambiar mi nombre.
Creo que si me lo pidieras borraría estas palabras, pídemelo y muero por ti. Sé que jamás lo harías, que jamás me vas a pedir que me quede a tu lado, razón sobre todo importante en esta determinación. Y es que no sé cómo dejarte claro que te amo tanto que no sé separar el día de la noche si me das un beso y que soy feliz en tu abrazo, que me encantaría que fuéramos uno, que vivieras en mi corazón.
Eso no pasó y estoy cansada de que no veas todo lo que me pasa a tu lado. Que me veas llorar y te alejes a conversar con otros, porque no soy para ti ni la mitad de importante de lo que eres en mí. Es que para mí eres lo más importante, lo único importante. Debo estar en cuadro psicótico, pero no puedo respirar cuando me dejas, contengo las lágrimas y sigo caminando, destrozada por completo, pero intentando armar mis pedazos. Hoy me di cuenta de que nuestra amistad y mi corazón no son compatibles. Por eso te digo adiós, amor mío.
Una última petición, cuando me veas sonríe y salúdame contento para imaginarme que estás bien, porque es por lo único que rezaré en mi vida…te amo…chao


Cuándo

Mar. 24th, 2009 11:00 pm
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Quisiera devolver el tiempo hasta aquel primer te quiero, borrarlo de tus labios, arrancármelo del pensamiento y volver a la recurrente soledad que está pegada a mí sin motivo aparente. Seguramente es la culpa de siempre, los pasos andados sobre almas ajenas, los momentos de alegría desmesurada que me recaen en la solapa deslavada, las situaciones donde me sentí tan omnipresente como el sol.
Seguramente fue la risa contenida, el miedo a las palabras, el desafío de mi tiempo contra el absurdo que conmueve los salones. La verborrea actualizada de los televisores o la vergüenza pública a la cebolla. Los muertos que no quise pisar cuando murió la figura fraternal en el escrutinio público. Debe haber sido cuando mentí por vez primera, cuando lloré falsedades por el sólo hecho de aparentar o cuando sentí que podía ganarle al gentío que descomunal porque me apartaba de las metas que creí haber construido, por trazar un camino antes de tiempo.
Cuando traté de acabar con las sombras y hacerme a la mar para alejarme del mundo y naufragar en un corazón. Cuando me fui contra el viento que se convirtió en realidad y me botó la ola del aliento querido de la pasión. Al manejar los sentimientos como piezas de ajedrez y no atenerme a las consecuencias de un enroque incorrecto. Al sacar de mi vida los elementos distractores para remitirme en alguien distinta, al querer mutar de piel.
En el momento de descifrar mi mente, de perderme en la luz del medio día. Al encontrarme en la canción de lejos, en la canción y nada más. Cuando decidí irme sin retorno, no volver la frente ante la recurrencia petitoria de un nuevo comienzo.
En el abandonar la conversación en busca de la acción que me llevara lejos o en el dejar pasar las horas tirada en un rincón. Al intentar cambiar, saltar, gritar, morir.
Se me acaban las opciones y combinaciones posibles, sin embargo sigo sin entender cuándo y por qué al abrir los ojos me quedé sola.




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Y así se nos pasaban las horas, buscando en las estrellas deseos estancados durante un año, rellenando el tiempo con juegos didácticos, leyendo una historia que no es la mía ni la tuya. Como riendo, como llorando, encontrando sentidos nuevos a lo que llamo mi historia personal y sin agregados, sin palabras mal entendidas ni problemas existenciales. Sin tu madre ni tu padre pescándonos la cola por los traumas infantiles que nos comen las palabras, esas necias que no iluminan como los encendedores que por $250 me ayudaron a encontrar mi diente caído en la oscuridad de una pesadilla que duró un segundo magnético, mágico.
Sin mañanas ni despertares repentinos, con la batería sonando en mi garganta y alaridos entonados con dedicación recorriendo la escena repetida treinta veces por treinta días, armo la receta perfecta para la depresión infantil, porque estudiar con el corazón roto no cunde en las estadísticas nacionales, las que te levantan en los mañaneros sábados y te borran a quien no quieres olvidar porque duele, porque se supone que recién estás viviendo, te queda por escribir, por ver, por oler y sólo encuentras la ironía de que en el amor ya tienes trecho recorrido, sabes qué es sufrir, pero no puedes manejar, menos votar. Quizás sea preciso otro tipo de madurez, una corporal la que se necesite para acreditar que ya no arrastras la bolsa del pan. La soledad no es patrimonio de la adultez ni la depresión del adolescente. Las cosas se han compuesto de distintos parámetros, vivimos distintos roles para complementar los mismos genes y ser dos personas tan distintas, pero tan iguales.
Las canciones cambian en este regreso, un regreso postergado en la conciencia más inmediata, del que escapamos con frecuencia. Lo que viene es una historia medianamente resuelta, pero puede ser buena mientras sepas entenderla, porque el amor nunca desaparece, sólo se transforma, pasa a formar parte del corazón y cuando se desempolva te das cuenta de que todo lo que lloraste formó un río que siempre llevará su nombre, pero que está poblado por la fauna del presente, la que se riega con el primer amor, con la distancia, con la ilusión, con ese canto de campana que te remueve cuando lo besas y que seguramente no volverá, porque siempre se siente distinto, y al final es así como crecemos, un proceso que nunca para, que es para siempre.
Con la inminente violencia televisiva presente, te dedico la historia. Que tu amor no se lo lleve el viento ni quede en el olvido, porque se nos pasaban las horas caminando, viajado por la vía láctea en un abrazo. Sin ideas fijas, ni responsabilidades imperiosas, el entendimiento se proyecta al infinito mientras sepas que todos necesitamos que sonrías y que en algún punto de tu vida puedas ser feliz.
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Por el despecho de la caída evitable de tu huida maldije cien veces mi destino, mientras los fracasos atestando la costumbre de mi aprendizaje se van convirtiendo en tu nombre. Cuando quiero recordar tu voz debo recurrir a la memoria y no a tu presencia que sólo conoce la problemática propia, olvidando que los tropiezos no son de exclusividad de tu pie. Porque yo también necesito un hombro y un oído para estos días en que te nombré amigo y saliste a conquistar el horizonte por la mañana para volver cuando no pueda necesitarte hasta nuevo aviso, hasta el día en que mi historia sea extraída de la tuya y como una tonta, al ver tu cara vuelva a languidecer porque cada día te preciso más.
Me voy esperando no amarte un segundo, esperando olvidarte y podría decir un pronombre plural, pero no quiero ser autocompasiva. Auto engañar la realidad es trabajo de varios días y no entiendo a este corazón que se rompe cada vez que prefieres alejarlo, cambiarlo por un par de sujetos que no estarán cuando al beber rompas en llanto, cuando rompan tu corazón.
No importa, nuestra historia se escribe así, tú pisando mi mundo en el que dejo hasta la vida por tu abrazo y yo sola llorando, caminando en llanto. Esta es la dinámica que nos hace famosos, esta es la burla que te hace sonreír en la soledad donde quieto esperas verme arrastrar, complaciente y meditabundo, lleno del alma de quien no te considera ni en la amistad más remota, de quien nos cree abandonados sin pensarte, de quien recorrerá la ciudad a tu lado por aburrimiento, porque la inercia es grande y se come a los lobos esteparios por la mañana y por la tarde.
Mi locura es por ti lo dejarlo todo, pero tienes razón, ese es mi problema


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Como las palabras que se borraron, porque la tecnología es así, se me olvidan las caras de aquellos que presenciaron momentos invaluables que debería omitir a fin de recuperar la sanidad visceral en esta historia que perdió la extravagancia singular que la hacía mía y atraía al público curioso, el que se entretenía con mis rizos despeinados y mi cara triste, llena de expresiones que reflejaban la tutoría de la soledad que hoy se ha vuelto común en los rostros de mis queridos contemporáneos, tan colmados que se pierden en el vacío.
Estas horas serán las críticas, porque están en la incógnita. Las que vengan estarán seguras del abandono imparcial, de la desidia ajena que se enreda y vuelve el futuro un eterna circunferencia que, con sus propiedades geométricas que decaen en números enteros, me llevan al borde del razonamiento precoz, de esos comprensibles hechos que no debía descubrir hasta entrada en años, entrada en vida.
Yo también crecí en la vejez, fui madre antes de tiempo y me relegué a la madurez precaria de ser un adulto a los seis años. Quizás por eso lloro mucho, compenso los momentos en que debí ser dura a fuerza de coscorrones y llanto matriarcal. Callar en el momento en que el silencio debía reinar y jugar a alcanzar el follaje arbóreo para soñar en volar cuando se permitía la a sístole repercutir en el aire, cuando se tenía que intercambiar la prole y volver a callar.
Como cuando engañada empecé a ser parte de una familia bien constituida, con los padres a la cabeza de un corazón roto que reclamaba por sus derechos, por su lugar en la tierra, que peleaba por las noches con el recuerdo de esas manos que le hicieron temer.
Las palabras sobran, las razones sobran cuando el sentido se confunde entre palabras doctas del bien proceder, de que los hijos van con la sangre más directa y con quien cree que el ADN es suficiente en cualquier caso, aunque se desangre de rabia el menor en cuestión.
Como cuando el cloro cayó al café para que certero liquidara al rey del engaño. Como cuando perdí mi autonomía por las razones equivocadas, por los hechos mal cumplidos, por los momentos felices que se transformaron en cloro en mi leche, que no mata, pero intoxica dejando un sabor en la boca que no olvidaré, porque está perpetuado en la experiencia que borra aquellas caras y que comprenderás cuando termines de recorrerme en las sábanas de la mañana, cuando por eso te marches y tu rostro se borre, cuando pierda la memoria de manera selectiva, cuando las millas nos separen y no se estrechen nunca más.


Un plan B

Jan. 25th, 2009 11:26 pm
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Porque los crespos los tengo hechos, porque no queda otra opción.
Porque la vida del gusano en mi estómago es más emocionante que la actividad de mis pies en un día como hoy, en que las posibilidades se han burlado de mis ganas de salir a ver el sol.
Porque ligeramente me he quedado mirando al galán de mi hermana plasmado en una pantalla que se burla de mi estado de persona relegada a la soledad crónica que envuelve al aburrimiento de no saber tomar una decisión.
Porque me peleo con las murallas a estas horas en que se va a negro el único enlace con la humanidad, que se aparece cuando no tengo nada que decir que aporte a la comunicación o a la paz mundial que no espera mis declaraciones profundas para caminar como mejor le parece al que no me quiere mirar.
Y en pocas palabras, mientras despierto mi lado rockero para no hablar con sutiles expresiones, es urgente despertar a la hora programada para no quedar en la nebulosa que me evita hasta en los panoramas familiares de domingo. Y como he quedado varada en el muelle del arrepentimiento, hundiré mi cabeza en la tierra para no marcar los números tentadores de su maldita conexión con mi vida.
Porque mis planes de mirar el techo las próximas veinticuatro horas se ven más apetitosas que la humillación de necesitar un payaso para que entretenga mi maldito fin de fin de fin de semana. Las cuentas vía calendario se me hacen un círculo desesperante, un cuenta tiempo crónico que se inventó para atormentar mi mente disecada por el calor.
Porque se me acabaron los poemas heroicos de belleza y amor. Porque sólo me quedan maldiciones vertidas a los oídos de mi madre que también se ríe de que su hija se pise los cordones a los tristes veintitrés años de no aprender a atar los cabos sueltos del zapato.
Porque desarmaría al estúpido que no sabe programar las fallas de la vida, que no contempla que las decepciones me podrían llevar al suicidio social, aquel que consiste en una risa enternecedora de mi progenitor que satisfecho se jactará de mi pobre empresa sin concluir, sin ejecutarse cual estaba pensada.
Porque a veces le pasan estas cosas a las personas ocupadas, pero mi patetismo de esperar que sea lunes en tu compañía me lleva a pensar que mejor me reiré de mi persona emperifollada frente a un café y un cigarro acogedor antes de que se lea mi pobre pedazo de escrito y la gente goce riendo de que estoy en mi casa sentada escribiendo otra vez.
Porque debería tener vida o por lo menos un plan b.



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18:02
Peligrosamente se acerca la hora del término de la afamada siesta autoconsciente, mientras no para de sonar un teléfono distante e insistente. La multitud en su cuchitril correspondiente y yo, como siempre, me paso de la raya para matar un poco el calor de una larga tarde que se proyecta hacia lo que se podría llamar aburrimiento basal, estrés post traumático de días en que debía estar concentrada.
18:06
Integrándome a la red de ilusos con nombre de fantasía premeditada, me doy cuenta de que mis pocos conocimientos acerca de lo que hoy podríamos llamar ciberespacio, no me permiten encontrar refugio a estos momentos en que la muchedumbre se fue a vacacionar sin consultarle a su fiel y abandonada prójima por el clima los próximos días, que pasé de leer la guía a ser la mujer del tiempo y algo más.
18:14
La gente sigue en la posición inteligente, mientras yo sigo escuchando el teléfono sonar para otros. Los vampiros se comieron a la pobre niña de la pieza contigua, creo que era una buena persona antes de caer en el vicio del obsesionarse con lo acontecido en unas líneas escasas. Pero qué se le puede hacer si no tengo nada que decir, sólo constataré que a estas horas se me vino la idea de dejar plasmado lo que no hice hoy por la tarde. Escribir en versos una verdad universal sería lo apropiado para hacerse famosa.
18:22
Se avecina tormenta de papeles, lluvia de piedras que rompan las ondas de agua destilada que guardé para beber en momentos desesperados y para el suicidio colectivo de las rosas del patio.
18:25
……
22:07
Un período de gestación prudente ha pasado desde el último punto. Debe ser la interrupción familiar en el entuerto. Tu pentagrama se dibuja en mi piel roja. Nuestros pulgares se echan de menos mientras mis caricias frustradas se relajan en tu pelo frustrado. Y la palabra se repite hasta el infinito, porque es lo que somos.
22:14
Y romántica, esteparia me pone la latitud a esta hora oscura, llena de vacíos insolentes, de blasfemia barrista. Me arreglo para dar una respuesta clara a la iniciativa de quedarse callada dentro de un segundo. Me dicen que apague tu recuerdo y supongo que es lo sensato, supongo que es lo lógico. Pero nunca me han pagado por cordura, he gastado por inanidad mental, por poca pericia gladiadora para aquellos momentos en que me enfrenté a tu especial participación.
22:22
Me enrostras tu monstruosidad, pero las flores que han caído en tu podio pasan tan inadvertidas como mi café de la mañana para mi organismo celular que se siente igual de dormido que cuando me tomo un somnífero de esos que por precaución no manejo. Y de esos días me preparo otra vez, porque queda poco para volver a correr hasta la meta siguiente, donde ya estarás lejos, y no sufro por eso, sino que me lo recuerdo por si sonrío de casualidad y no atajo las consecuencias en su justa medida. Que sigo pensando en tu camisa a cuadritos, en vez de la gloria vestida de pomposo anhelo. Me robo mis palabras proferidas hasta maldecir la estampa de quien me borra de los anales de la historia, como si el dolor fuera patrimonio de sólo algunos cuando se comparten días enteros sin amor.
22:30
Y la multitud se fue a su posición original, y yo con ganas de salir a taquillar. Tengo que buscar una canción original para sembrarla de este momento, como la que acabo de recordar junto a la melena de una vieja concurrencia, de esas que giraban con mi cuerpo ante la melodía picarona de unos cuantos gongs…
Gracias a todos los que hoy me han dejado botada



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En años de vida no había sentido lo vivido, vívido, claro, preciso y conciso.
Solía ser sólo yo, lo demás era sólo lo demás. Lo demás era ajeno, lejano, terrible, símbolo de los miedos más trágicos, símbolo del amor más tortuoso.
Solía ser sólo yo, lo demás era soledad, tristeza, sin vida vivía vívido, preciso y conciso.
Solía ser sólo yo, el resto era todo, todo era vacío, el vacío también.
Solía ser sólo yo y quizás el humo en mi cuerpo era todo lo que me llegaba de verdad. Verdades me sobraban para morir con gusto, a gusto, por gusto.
Solía ser sólo yo y la gente, las personas muertas en mí, en el cementerio llamado inconciencia, locura quizás mientras podían leer mi mente, abulia quizás cuando no sentía el dolor, manía quizás cuando giraban las cosas en mi cabeza.
Solía ser sólo yo, sin voluntad, sin deseos, sin nada más que la tristeza corriendo por mis venas rotas en el antebrazo izquierdo de preferencia. La sangre era eso, células brotando como un río, gritando como la tormenta, sobre mi pecho, sobre mis piernas que no andaban más que a ratos perniciosos para la salud, para la libertad.
Solía ser sólo yo y el mundo girando como siempre sin mí, lejos de mí. La felicidad una falacia mal contada, que descubrí cuando dejé los pañales para mearme de susto en las noches, gritando que no quería crecer, que quería ser otra, que quería dejarlo todo para irme lejos, tan lejos como pudiera, odiándolo, odiándome , odiando.
Solía ser sólo yo y mi mal pulso, mi mala postura frente a ti, para ti, sobre ti.
Solía ser sólo yo…sólo yo.

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